Por increíble que parezca este mueble me lo encontré en la misma calle en la que vivo.
Lo habían abandonado cerca de unos contenedores: le habían arrancado de cuajo las puertas y las bisagras y lo habían tirado.
Desde el primer momento, lo consideré un regalo: un mueble tipo castellano, muy robusto, con una madera oscura cubierta por años de tintes y barnices, pero que dejaba entrever una gran calidad.
Lo tuve un par de meses en un rincón del estudio valorando qué hacer con las puertas.
Y un día, me llegó la inspiración viendo un programa en el que hacían decoraciones con pequeñas maderas. Tenía claro la técnica a emplear, pero seguía sin tener definido el diseño. Empecé a hacer pruebas con las maderitas hasta que encontré el patrón y entonces me puse manos a la obra.
Cuando empecé a lijar me empecé a dar cuenta de lo especial del mueble y la manera artesanal en la que estaba hecho. Incluso se pueden apreciar los anillos del árbol en algunas maderas, algo muy poco usual.
Me sentí muy cerca del artesano que es su día había dedicado su tiempo a hacer este mueble y me prometí que iba a conseguir que el mueble volviese a cobrar vida.
Después de mucho trabajo y lijado empecé a confirmar mi intuición: el mueble estaba hecho con maderas de diferentes tonalidades, parece que es roble con tonos blancos, grises y rojizos. También me di cuenta de que pesaba tanto debido a que la trasera (normalmente un tablero fino de apenas 5 mm) estaba hecha con madera de 20mm. Era un mueble hecho para durar en el tiempo. El sobre tenía separados los tableros y era imposible volverlos a su posición original, por lo que decidí unirlos con unos lazos (de madera recuperada) que a la vez que impidieran que se siguiera abriendo le podrían dar un toque estético diferente.
Cuando empecé a probar las puertas y ver como quedaban me empecé a dar cuenta de que sin pretenderlo me había salido el amante de la cultura japonesa que llevo dentro. Tenía un cierto aire a los muebles japoneses hecho con la técnica de KUMIKO, salvando las distancias ;).
Una vez acabado el trabajo y cuando empecé a nutrir el mueble con aceite, los colores empezaron a cobrar vida y todo cobró sentido. En ese momento decidí llamarlo SAKURA (cerezo en flor) porque de alguna manera sentí que el mueble había vuelto a florecer.
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